24 de septiembre de 2012

Espejismo

Fotografía: Fernanda Gordillo
Tú lo veías y a la primera sabías que eran hojas. Pero si aparcabas el coche a un lado del carretera y te parabas a mirarlo no sin cierta consternación, tenías la impresión de que un millar de pájaros negros, di tú cuervos por no pensar demasiado, hubiera volado hasta allí, hasta el eucalipto, como movidos por una desazón generalizada, una angustia solidaria y compartida que les había impulsado a posarse sobre aquella asimetría de ramas y balancearse cada uno en su trapecio, simplemente balancearse, durante días o años, hasta que la niebla dejara de ocuparlo todo, como solía ocurrir en aquellos parajes.  

Un manojo de hojas-ave amontonadas en una especie de cabellera encrespada, para formar la copa de un ermitaño. Hojas-ave con ánimo suicida, irredentas, esperando de puntillas y con la respiración contenida a cualquier descuido del viento, y así saltar de una vez, de una maldita vez y perderse detrás de la bruma, blancura sempiterna y efímera, que para ellas, era la única salida.

Detrás del celaje tenía que haber algo. Santo cielo. Cómo podía ser todo así. No recordaban el sol, ni la luz ni la sombra. Todo transcurría entre esa somnolencia de las horas y el paroxismo húmedo del aire… Podías imaginar que de lejos y muy de vez en cuando, se escucharían los cuchicheos de un puñado de animales, roedores casi siempre, que habían perdido el camino hacia el bosque feliz, el bosque verde y frondoso, cálido, radiante, que les proveía de alimento. No como en éste. Aquí no existía la noción del color. Sólo visos grises interrumpidos algunas veces por el pardo apagado de la corteza del eucalipto. Un exceso que rara vez les concedían las tinieblas, al dejar paso a una mínima luz a través de su espesura.

Sin embargo esa mañana, vete tú a saber en qué momento, la luz se había colado por algún agujero. Tú podías pensar que tu presencia era la razón de que ello ocurriera, no tenías tiempo para buscar motivos; lo cierto es que la luminosidad había roto la barrera nubosa de tantos siglos, y se había metido allí, descompuesta en tonalidades hasta ayer absurdas.

Una chifladura en aquellos parajes. Un derroche de primor como nunca antes en esos lugares. Podías advertir también, que los pájaros-hojas permanecían atónitos ante aquella curva voluptuosa que rompía el techo de nubes y se plantaba en la raíz del único árbol que conocían. Silencio interrumpido por el clic de una cámara. El encanto se prolonga durante unos minutos, eternidad para ellos, hasta que el espejismo se desvanece con lentitud, engullido por la reina de las nieblas. Las hojas-ave vuelven al autismo de costumbre, bamboleándose al compás de una música que jamás conseguirías escuchar. En momentos así, no se te ocurre otra cosa más que guardar la cámara y apartarte. Es posible que allí, como en tantos otros sitios, tu presencia sobre.

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