De arupos y nubes rosas
Luz me ha pasado un meme en el que debo escribir sobre un árbol que tenga un sentido especial para mí. Cuando hablo de ‘sentido especial’, lo primero que se me viene a la cabeza es la infancia. Me urge, de pronto, escarbar en la memoria hasta llegar a ese estrato de mi cerebro en el que se quedaron los olores, las imágenes, los sonidos o los sabores que componen mi niñez.
Es una lástima, pero he conseguido poquísima información científica sobre este árbol. La que proporciona el internet -que es casi la única fuente escrita que tengo para documentarme sobre Ecuador- es prácticamente ninguna y me resulta muy penoso no tener ningún libro que, por lo menos, me dé alguna característica más concreta.
Esto es lo que he obtenido en la red: “la Chionanthus pubescens Kunth, conocida como “Arupo” es un árbol muy ramificado con una floración blanca o rosada, que alcanza los seis u ocho metros de altura. Es una planta nativa de Ecuador y Perú. Crece en las laderas y los valles interandinos. Como planta ornamental también se cultiva en muchos jardines privados de Quito, Ambato, Cuenca, Loja y probablemente en otros lugares a lo largo de los Andes”.
Me resulta incomprensible que a un árbol tan llamativo y tan propio de la vida de mi pueblo, se le dedique poco más de cinco líneas. Quizá me equivoque. Prefiero imaginar que las bibliotecas de mi país están repletas de libros sobre los arupos y que la que realmente está errada soy yo al pretender convertir a la red en un oráculo.
En fin, si información es lo que quiero, quién mejor que la pequeña Pau para proporcionármela. Me pongo, entonces, el conjunto azul de camiseta y falda que tanto me gustaba y vuelvo a Quito, al patio de la casa de mis padres, con unos centímetros y unos dientes de menos, para ser otra vez la niña aquella que sabía que el verano había llegado porque al arupo le habían brotado pequeñas nubes de flores sonrosadas.
Estuve hojeando el álbum de fotografías y encontré una que me dio una pista: el arupo del que hablo nació después de mí. En la foto aparezco con un monito rojo, sentada muy cómodamente en mi carrito de bebé –hay que ver el la pose casi cómica de desenfado que tenía ese día-, justo en el lugar en el que meses o a lo mejor un año después, mi madre o mi padre, o los dos, plantaron el árbol. Digamos, entonces, que aquel frondoso arupo tiene ahora veinticinco años. A los seis ya era un árbol bastante recio. Recuerdo que la bandada de primos y primas solía encaramarse por las ramas. Yo siempre tan temerosa y discreta me quedaba en la primera de ellas. Ese solía ser mi triunfo, mi única oportunidad para sentirme pájaro.
Las flores de pétalos delgadísimos y frágiles, aparecían en julio o a más tardar en agosto. Era más o menos así: un día de principios de julio, te ibas a la cama con la imagen de la enorme copa verde con atisbos sonrosados, y al día siguiente, te despertabas y veías que la casa se había inundado del más vívido rosa. Si te asomabas por la ventana del salón, te encontrabas con un perfecto colchón rosado suspendido entre ramas; una nube sonrosada que se había instalado en tu jardín.
Pero el arupo no era debilidad exclusiva de los primos y las primas. Las tórtolas, las palomas y los gorriones se disputaban con los niños las ramas de esa magnificencia nacida de la tierra. Conservo la imagen de los picaflores internándose en ese paraíso de color. Recuerdo que me gustaba sentarme en primera fila para observar ese matiz que formaban las plumas verdes y azuladas, contrastando con la luminosidad casi violeta del arupo. Si te dejabas llevar por ese espectáculo hipnótico, podías confundir la escena del colibrí, con la de Campanita volando al País de Nunca Jamás.
El arupo todavía es el rey de aquel jardín. Hubo quien quiso e intentó cortarlo de raíz. No obstante, la belleza suele ser más fuerte que las hachas o las motosierras. Desde hace un tiempo ya no florece con la puntualidad de antaño. El año pasado, según me contó mi madre, brotó en octubre. Quizá sea el cambio climático, o tal vez, manías de árbol viejo en un comprensible intento por eludir el paso del tiempo...
Es una lástima, pero he conseguido poquísima información científica sobre este árbol. La que proporciona el internet -que es casi la única fuente escrita que tengo para documentarme sobre Ecuador- es prácticamente ninguna y me resulta muy penoso no tener ningún libro que, por lo menos, me dé alguna característica más concreta.

Esto es lo que he obtenido en la red: “la Chionanthus pubescens Kunth, conocida como “Arupo” es un árbol muy ramificado con una floración blanca o rosada, que alcanza los seis u ocho metros de altura. Es una planta nativa de Ecuador y Perú. Crece en las laderas y los valles interandinos. Como planta ornamental también se cultiva en muchos jardines privados de Quito, Ambato, Cuenca, Loja y probablemente en otros lugares a lo largo de los Andes”.
Me resulta incomprensible que a un árbol tan llamativo y tan propio de la vida de mi pueblo, se le dedique poco más de cinco líneas. Quizá me equivoque. Prefiero imaginar que las bibliotecas de mi país están repletas de libros sobre los arupos y que la que realmente está errada soy yo al pretender convertir a la red en un oráculo.
En fin, si información es lo que quiero, quién mejor que la pequeña Pau para proporcionármela. Me pongo, entonces, el conjunto azul de camiseta y falda que tanto me gustaba y vuelvo a Quito, al patio de la casa de mis padres, con unos centímetros y unos dientes de menos, para ser otra vez la niña aquella que sabía que el verano había llegado porque al arupo le habían brotado pequeñas nubes de flores sonrosadas.
Estuve hojeando el álbum de fotografías y encontré una que me dio una pista: el arupo del que hablo nació después de mí. En la foto aparezco con un monito rojo, sentada muy cómodamente en mi carrito de bebé –hay que ver el la pose casi cómica de desenfado que tenía ese día-, justo en el lugar en el que meses o a lo mejor un año después, mi madre o mi padre, o los dos, plantaron el árbol. Digamos, entonces, que aquel frondoso arupo tiene ahora veinticinco años. A los seis ya era un árbol bastante recio. Recuerdo que la bandada de primos y primas solía encaramarse por las ramas. Yo siempre tan temerosa y discreta me quedaba en la primera de ellas. Ese solía ser mi triunfo, mi única oportunidad para sentirme pájaro.
Las flores de pétalos delgadísimos y frágiles, aparecían en julio o a más tardar en agosto. Era más o menos así: un día de principios de julio, te ibas a la cama con la imagen de la enorme copa verde con atisbos sonrosados, y al día siguiente, te despertabas y veías que la casa se había inundado del más vívido rosa. Si te asomabas por la ventana del salón, te encontrabas con un perfecto colchón rosado suspendido entre ramas; una nube sonrosada que se había instalado en tu jardín.
Pero el arupo no era debilidad exclusiva de los primos y las primas. Las tórtolas, las palomas y los gorriones se disputaban con los niños las ramas de esa magnificencia nacida de la tierra. Conservo la imagen de los picaflores internándose en ese paraíso de color. Recuerdo que me gustaba sentarme en primera fila para observar ese matiz que formaban las plumas verdes y azuladas, contrastando con la luminosidad casi violeta del arupo. Si te dejabas llevar por ese espectáculo hipnótico, podías confundir la escena del colibrí, con la de Campanita volando al País de Nunca Jamás.
El arupo todavía es el rey de aquel jardín. Hubo quien quiso e intentó cortarlo de raíz. No obstante, la belleza suele ser más fuerte que las hachas o las motosierras. Desde hace un tiempo ya no florece con la puntualidad de antaño. El año pasado, según me contó mi madre, brotó en octubre. Quizá sea el cambio climático, o tal vez, manías de árbol viejo en un comprensible intento por eludir el paso del tiempo...
(Le paso el meme a Cris, eso sí, para después de los exámenes, jiji).


