18 de marzo de 2012

Bitácora de domingo II

Día de viento. Marzo 18. Otro domingo más. Otro igual de nombre que tantos otros que pasaron, con sus horas de luz y de oscuridad, veinticuatro en total; pero a la vez, impar e irrepetible. Lluvia ligera reventando contra el cristal. Un pequeño reloj solar moviéndose al compás de los fotones de una lámpara. Marca el ritmo de los instantes con su peculiar tic-tac. Mis hijos abajo, jugando, creciendo. El tiempo también posee sus cuerpos. El tiempo se apodera de todo y lo convierte: alarga las piernas de un niño, perfecciona su cerebro, descompone una mente senil, pliega la piel, debilita los huesos… Todo lo hace el tiempo. ¿Cómo saber si el compás que sigue mi reloj solar es en realidad el que acompaña al tiempo? Segundos. Uno tras de otro, persiguiéndose, corriendo en fila hacia adelante o hacia arriba, nunca hacia atrás. El viento corre al mismo paso del tiempo. El viento no tiene pasado. Y si lo tiene es tan efímero, tan ligero que es incapaz de permanecer en la memoria.

Una nube, empujada por ese soplo sin pasado, lo abarca todo de repente y devora hambrienta los trozos de cielo que encuentra a su paso. Leve oscuridad. El sol, a codazos, intenta abrirse camino por entre aquella pálida blandura y lo consigue, a medias. Luz débil. Tan débil que muere al chocar contra el paisaje. Objetos oscuros. Negrura. No hay luz que perciban los ojos. Y en la ausencia de luz, se instala la nada.

1 comentario:

Pedro J. Sabalete dijo...

Fascinado por tu escritura. Aquellas palabras sirven para este viernes con sabor a domingo que diría un poeta.

Un abrazo.