16 de febrero de 2012

Pescadores


Hoy mis hijos se han marchado de pesca. El mar, para su suerte, no queda muy lejos. Está a unos pocos metros de aquí, debajo de mi cama. Han llevado un par de cañas de pescar, que me recuerdan a unos palos de golf de plástico que se los regaló una prima la pasada Navidad, y ahí están faenando duro, intentado atrapar peces que yo no veo -¿quizá sea por la miopía?-. Es un acuario, declara Daniel, el pequeño. Y yo que pensaba que se trataba de un océano. Un acuario de peces tropicales, dice el mayor, con la sabiduría de niño que va a cumplir los cuatro años. Algo han pescado. Me atrevo a mirar por el rabillo del ojo y descubro que han pillado un ejemplar rojo con cara de perro. Una rareza, sí señor.

Se me parece extrañamente a una zapatilla de Daniel que no la encontrábamos desde hace días. Pero no es, por supuesto, no puede ser. Las zapatillas no flotan en los acuarios que están debajo de las camas. Qué tontería más grande. Es un pez colorado con rasgos caninos que ya ha pasado a mejor vida, con una hermosa sonrisa, eso sí. Para mi suerte, mis dos pescadores han salido del agua completamente secos. De repente, las cañas se han convertido en armas y tengo que actuar rápidamente para evitar que los impulsivos dos años de Daniel aporreen la cabeza de Samuel. El día de pesca se ha terminado.

Ahora Daniel sube una escalera muy alta. Muy guay, dice él. Voy a subir hasta el cielo, concluye. A mí se me parece a una silla, pero me callo. No quiero parecer tonta ante tanta sabiduría.

1 comentario:

Pedro J. Sabalete dijo...

Haces hombres felices y de provecho con esos juegos. Curiosamente jugué a lo mismo con mi sobrina, para ella el borde del sofá era el límite de un mar erizado de tiburones. Lavan las miserias del mundo los críos con el caudal de su imaginación.