11 de abril de 2007

Vivir dos veces

Llevo unos días de absoluto silencio. Me suele pasar a menudo. Es como si de repente, todas las historias que aún no se han contado, huyeran de mis dedos. Cuando me ocurre este vacío, intento buscar textos que ayuden a despejarme. Ayer releí este escrito de Natalie Golberg que me ha resultado de una utilidad enorme. Desconozco el libro del que fue extraído, puesto que yo lo conseguí en un taller de escritura. Léanlo con calma que vale la pena.

El escritor vive dos veces. Lleva su propia vida cotidiana y en ella corre como todo el mundo yendo a comprar, atravesando la calle, vistiéndose por la mañana para ir a trabajar. Pero el escritor ha entrenado, al mismo tiempo, otra parte de sí mismo. La que vuelve a vivir todo esto por segunda vez. La que se sienta y vuelve a recorrer mentalmente todo lo que ha sucedido, deteniéndose a observar su consistencia y sus detalles.

Cuando estalla un temporal, todos corren por las calles de aquí para allá con paraguas, impermeables, diarios en la cabeza. El escritor vuelve a salir bajo la lluvia con la libreta de apuntes en la mano y la pluma entre los dedos. El escritor observa los charcos, los ve llenarse, ve cómo las gotas de lluvia puntúan la superficie. Se podría decir que el escritor se ejercita en ser estúpido. Sólo un estúpido se quedaría bajo la lluvia mirando un charco. Si uno es listo, intenta no quedarse bajo la lluvia para evitar los resfriados y, de todas formas, en caso de enfermedad se ha asegurado de antemano. Si uno es tonto, se interesa más por los charcos que por su propia salud, las pólizas de seguro o la puntualidad en el trabajo.

Por último, uno está más interesado en volver a vivir su propia existencia escribiendo que en hacer dinero. Bueno, entendámonos: también a los escritores les gusta hacer dinero; también a los artistas, contrariamente a lo que normalmente se piensa, les gusta comer. Sólo que, para ellos, el dinero no es la motivación principal. Personalmente, si tengo tiempo para escribir me siento muy rica, mientras que me siento muy pobre si tengo un sueldo regular pero no tengo tiempo para mi verdadero trabajo. Pensad en ello. El patrono nos da un sueldo a cambio de nuestro tiempo. El tiempo es la mercancía de mayor valor que un ser humano tiene para ofrecer.

Trocamos el tiempo de nuestra vida por dinero. El escritor se detiene en el primer paso, el propio tiempo, y le atribuye un valor aún antes de recibir a cambio un dinero. El escritor tiene muchísimo aprecio a su propio tiempo, y no tiene tanta prisa por venderlo. Es como heredar un terreno de la familia. Este terreno siempre ha pertenecido a la familia, desde tiempo inmemorial. Viene alguien y ofrece comprarlo. El escritor, si es listo, no venderá demasiado. Sabe bien que, una vez vendido el terreno, podrá comprarse un segundo coche, pero no tendrá un lugar donde refugiarse, ya no tendrá un lugar donde soñar.

Por eso, si queremos escribir, no es malo que seamos un poco tontos. Dentro de nosotros existe una persona a la cual no se le puede dar prisa, una persona que necesita tiempo y nos impide entregarlo todo. Esta persona necesita un sitio a donde ir, y nos obliga a mirar fijamente los charcos bajo la lluvia, casi siempre sin sombrero, y a sentir las gotas que caen sobre la cabeza.

Lápiz de labios azul y un cigarrillo colgando de los labios

Algunas veces no conseguimos hacer nada. Lo que escribimos nos aburre, y estamos hartos de nosotros mismos, de nuestra voz y de los argumentos sobre los que acostumbramos a escribir. Es evidente que si incluso ir a escribir a la mesa de un bar no nos sirve para nada, ha llegado el momento de encontrar algún otro sistema. Tiñámonos el pelo de verde. Pintémonos las uñas de violeta. Hagámonos agujerear la nariz. Vistámonos de hombre si somos mujeres o al revés. Hagámonos la permanente.

En efecto, a veces es suficiente un pequeño accesorio para darle completamente la vuelta a nuestro estado de ánimo. Cuando me pongo a escribir, a menudo tengo un cigarrillo entre los labios. Si estoy en un local que tiene el cartel "Prohibido fumar", entonces el cigarrillo está apagado. Pero no hay ninguna diferencia, puesto que yo no fumo. El cigarrillo es un accesorio que me sirve para soñar, para entrar en otro mundo. Si normalmente fumara, no funcionaría tan bien.
Hay que hacer algo que no sea habitual en nosotros.

Podemos hacer que un amigo nos preste un chaquetón de cuero negro de motociclista, entrar en un café con el paso de un Hell’s Angel, y sentarnos a escribir. O bien podemos ponernos un sombrero extraño, un mono de mecánico y un par de botas de trabajo; podemos vestirnos con americana y corbata, o con camisón de noche y pantuflas; podemos envolvernos en una bandera americana o llenarnos la cabeza de rulos. Es suficiente ponernos a escribir en una situación distinta a la acostumbrada. Podríamos intentar escribir en un gran bloc de dibujo. Podríamos ponernos una bata blanca y colgarnos un estetoscopio al cuello. En fin, cualquier cosa que pueda permitirnos ver el mundo desde un ángulo distinto.

No quiero morir

Suzuki Roshi fundó el San Francisco Zen Center, y a él le debemos el libro Zen Mind, Beginner’s Mind. Por lo que me han contado, era un gran maestro zen. Murió de cáncer en 1971. Cuando un maestro zen muere, nos gusta pensar que, en el momento de entrar en el Gran Vacío, diga algo extremadamente profundo, como "Acordaos de despertar" o bien "La vida es eterna". Poco antes de que Suzuki muriera, Katagiri Roshi, amigo suyo desde hacía mucho tiempo, fue a hacerle una visita. Kattagiri estaba de pie junto al lecho; Suzuki levantó la mirada y dijo "No quiero morir". Precisamente así. Era quien era, y expresó con simplicidad lo que sentía en aquel momento. Katagiri hizo una reverencia. "Gracias por su gran esfuerzo".

Katagiri Roshi dice que cuando una persona que tiende a la espiritualidad se encuentra frente a una gran obra de arte, se siente sosegada. En cambio, cuando el que mira la obra de arte es un artista, este siente el estímulo perentorio de crear otra. El artista rezuma vitalidad como la persona espiritual rezuma paz. Sin embargo, prosigue Katagiri, tras la paz de la espiritualidad hay una vitalidad intensa y una total espontaneidad, entendida como un actuar en el momento presente. El artista, por su parte, aunque exprese vitalidad, debe poder alcanzar una gran tranquilidad; de otra forma, se quemará. Lamentablemente, conocemos demasiados ejemplos de artistas que se han quemado en el alcoholismo, el suicidio o la enfermedad mental.

Por eso, cuando estemos ocupados en escribir, aquella llama de vida que estamos tan ansiosos de expresar tendrá que encontrar su origen en la paz interior. Esto nos ayuda a no dejarnos arrastrar por la excitación precisamente en mitad de un cuento, a tal extremo de que no consigamos terminarlo. En nuestro interior tiene que existir una parte capaz de expresar con absoluta simplicidad lo que sentimos, como la persona que en su lecho de muerte dice "No quiero morir". Sin rabia, sin fustigarnos y sin autocompadecernos, sino simplemente aceptando la verdad de lo que somos. Si, al escribir, sabemos alcanzar este nivel, conseguiremos encontrar un punto de apoyo que nos permitirá crecer como escritores. Y aunque prefiramos estar entre las montañas del Tibet y no en nuestro escritorio de Newark, en New Jersey, y aunque la muerte aúlle a nuestras espaldas y la vida ruja ante nosotros, podremos simplemente empezar a escribir, sencillamente empezar a escribir lo que tengamos que decir.

4 comentarios:

Goathemala dijo...

Pau, gracias. Esas interrogaciones acerca de por qué escribo comienzo a hacérmelas precisamente en estos días que no tengo tiempo. Antes, como le dije a Marlu, era un mero entretenimiento lúdico y ocasional. Ahora despierta esa necesidad de escribir casi como una necesidad, como un complemento mío. Es extraño, casi me siento mal cuando no escribo nada o cuando una historia se me queda trabada.

Esta entrada me ayuda mucho, me relaja, gracias de nuevo.

Saludos.

Marlu dijo...

Ainss, andamos de crisis creativa. Yo también ando estos días sin ganas de escribir nada. Me gusta que te hayas lanzado con este tema, nos sirve de terapia y sirve también para comentar en tertulia las causas que mueven la necesidad de escribir, a veces sólo para nosotros, y en otras ocasiones para compartir, pero en cualquier caso "esa necesidad" está ahí y nos mueve en nuestra vida cotidiana.
La verdad es que no me importaría hacerme famosa y rica publicando mis neuras, pero también es cierto que si tuviera que escribir por obligación la magia se rompería.
Deberíamos hacer un concurso de contradicciones, seguro que no quedabamos en mala posición.
Un beso.
Se me olvidaba, acabo de escribir en mi blog sobre esta refelexión tuya y de Natalie.

Pau dijo...

Qué lujo de lectores-amigos tengo :) El texto es largo y, aún así, se han dado el tiempo para leerlo.

Goathemala, entiendo perfectamente esa necesidad de escribir, aunque en mi caso no sé decir con exactitud el por qué. Es como un impulso, como una llamada del propio cerebro, de la propia imaginación a poner en palabras las historias que bullen en la cabeza. Me alegro que te haya relajado. Yo también me estreso cuando no sé sacar de mí esas historias que quiero contar. Peor cuando no sé qué contar. Y ahí es cuando vuelvo a Natalie Goldberg y me quedo con este párrafo en especial: "En nuestro interior tiene que existir una parte capaz de expresar con absoluta simplicidad lo que sentimos (...) Sin rabia, sin fustigarnos y sin autocompadecernos, sino simplemente aceptando la verdad de lo que somos".

Un beso.

Marlu, te echaba de menos por aquí y por tu blog. Gracias por enlazar esta entrada. Yo hasta ahora, como le decía a Goathemala, no estoy segura de qué es exactamente lo que me mueve a escribir. Me gusta, claro, pero hay algo más fuerte que el simple gusto. Es mi forma de vivir. Soy bastante introvertida y en mi vida diaria, soy de hablar muy poco. Creo que escribir llena los vacíos que esa introversión deja. Escribir es el complemento que mi personalidad necesita. Y aunque intento darme esta explicación, aún no quedo satisfecha en saber por qué necesito tanto escribir. Supongo que eso se descubre con el tiempo.

Sobre esto que has dicho: "si tuviera que escribir por obligación la magia se rompería", Es muy cierto. Yo he escrito muchas veces por obligación y puede llegar a ser muy frustrante.

Un abrazo fuerte (espero que tu madre esté bien).

David Condés dijo...

Hola,

Sólo quería deciros que el fragmento que has puesto aquí es de un libro de Natalie Goldberg llamado "El gozo de escribir: el arte de la escritura crativa" de la editorial LA LIEBRE DE MARZO. Lo recomiendo, a pesar de que se exceda (para mi gusto) en darnos fórmulas espirituales de vivir lo artístico.

Saludos,