Manos
“Y por
amor a la memoria
llevo sobre mi cara la cara de mi padre”
llevo sobre mi cara la cara de mi padre”
Yehuda
Amijai

El sacrificio jamás fue tan placentero, pero el trecho que
me separaba de esas manos tan idénticas a las mías, se hizo aún más insondable.
Ya no sólo nos separaban los kilómetros sino también las obligaciones. Yo me
había convertido en una madre. Recogía el testigo de la mujer que me había
dejado sus manos. Tenía veintisiete años y aunque aún no me había convertido en
una adulta, seguí con mi papel, con más tropiezos que aciertos, y mis hijos
crecieron y dejaron la condición de bebés. Con mi madre nos hablábamos
regularmente y yo intentaba anestesiar a la memoria con esas palabras que me llegaban por cables. Durante los primeros años de mi nuevo estado, el engaño funcionó. Sentía a mi madre presente, aunque mucho la
había echado de menos el día en que mi vientre había madurado al punto de dar
paso a una nueva vida.
Pero ella estaba presente. Me bastaba coger el teléfono y
mirar fijamente a mis manos para sentirla cerca. Sin embargo, el resto del
cuerpo la reclamaba. Ese cuerpo que era tan mío y ahora, tan poco de ella. Yo
se lo había arrebatado sin comprender ni por asomo el sentido de propiedad que
da la maternidad. ‘Tienes que entender que tus hijos no son tuyos’, me dijo
alguna vez, intentando dar
alivio a mi desasosiego, cuando yo le pedía consejo para no desesperar por una
simple fiebre o una insignificante caída. ‘Los hijos son un préstamo’, me decía
y me convencía de que me hablaba a mí y, yo, una mujer en los primeros
entrenamientos de esta dura carrera, me lo creía.
No lograba avistar en sus palabras que a quien en realidad
estaba hablando era a sí misma. Era ella quien se decía a sí misma que yo no le
pertenecía. Era el modo que tenía de embotar a los recuerdos de cuando yo era
una cría y le pedía con tres años que me subiera en lo alto del piano del
salón, cuando en realidad le estaba pidiendo que me bajara. Esta es una
anécdota que a ella siempre le gustaba contar, para ilustrar lo
complicado que me resultaba distinguir las categorías espaciales de arriba y
abajo, o izquierda y derecha. De cuando
la naturaleza le tenía también engañada a ella, como me tiene ahora a mí, de
que los hijos te pertenecen. Hasta que un día deciden poner un montón de
kilómetros de por medio y te das cuenta de el préstamo que te ha hecho la vida
era muchísimo más caro de lo que creías, que los intereses que tienes que pagar
se multiplican por cada kilómetro de distancia, y que esa distancia, esa
maldita distancia, es la única garantía de que tu hija es feliz.
Nos quedan las manos. Creo que nunca hemos hablado de ello. De que
nuestras manos son idénticas. Incluso la alianza de matrimonio es igual. Quizá
ella no es consciente de que cuando hice las maletas aquel septiembre
de hace cerca de diez años, empaqué también sus manos. Por entonces mis manos
aún no habían cogido su forma definitiva. Al fin y al cabo no eran manos de
madre. Eran las manos de una niña que se sentía poderosa y que encontró en el
otro lado del océano, la excusa ideal para hacerle saber a todo el mundo que se
había hecho mayor.
Yo era una niña y tenía las manos de esas niñas que desconocen la dureza de las tareas de casa, pues mis manos estaban acostumbradas a cosas más sencillas: el teclado de un ordenador, las cremas para la cara, los tejidos de la ropa de marca. Mis manos se fueron haciendo poco a poco, cuando descubrí que crecer era más difícil de lo que creías, que cuando decides marcharte lejos de la familia que te vio crecer, las cosas adquieren otras dimensiones, te haces rápidamente a ti misma, la mujer que habitaba en tu ser, toma las riendas con la misma diligencia de tu madre y que hasta ese momento, no le habías dado el valor que le correspondía.
Te conviertes en madre y en el momento en que acaricias la cabeza de tu hijo, miras lo evidente, que tus manos ya no son tuyas, que por amor a la memoria y en honor a la sangre que has heredado, llevas las manos de tu madre. Que quizá nunca antes fuiste consciente de este hecho porque la perspectiva era distinta, porque cuando tu madre te acariciaba, tú no estabas dentro de la piel que lo hacía. Tú sólo la sentías y en esa postura era incapaz de saber que esas manos algún día serían tuyas.
Y el dolor que sienten esas manos al conocer por primera vez que están lejos del cuerpo al que realmente pertenecen, se hace también evidente. La nostalgia exige algo más que el calmante que le proporcionan las llamadas telefónicas y se transforma en aflicción. Algo leve, al principio. Pero que con el tiempo se acrecienta, pues tus manos estrenadas para pertenecer a este cuerpo de madre nobel, adquieren un papel protagonista y son las que forjan esta nueva dimensión de tu vida.
Yo era una niña y tenía las manos de esas niñas que desconocen la dureza de las tareas de casa, pues mis manos estaban acostumbradas a cosas más sencillas: el teclado de un ordenador, las cremas para la cara, los tejidos de la ropa de marca. Mis manos se fueron haciendo poco a poco, cuando descubrí que crecer era más difícil de lo que creías, que cuando decides marcharte lejos de la familia que te vio crecer, las cosas adquieren otras dimensiones, te haces rápidamente a ti misma, la mujer que habitaba en tu ser, toma las riendas con la misma diligencia de tu madre y que hasta ese momento, no le habías dado el valor que le correspondía.
Te conviertes en madre y en el momento en que acaricias la cabeza de tu hijo, miras lo evidente, que tus manos ya no son tuyas, que por amor a la memoria y en honor a la sangre que has heredado, llevas las manos de tu madre. Que quizá nunca antes fuiste consciente de este hecho porque la perspectiva era distinta, porque cuando tu madre te acariciaba, tú no estabas dentro de la piel que lo hacía. Tú sólo la sentías y en esa postura era incapaz de saber que esas manos algún día serían tuyas.
Y el dolor que sienten esas manos al conocer por primera vez que están lejos del cuerpo al que realmente pertenecen, se hace también evidente. La nostalgia exige algo más que el calmante que le proporcionan las llamadas telefónicas y se transforma en aflicción. Algo leve, al principio. Pero que con el tiempo se acrecienta, pues tus manos estrenadas para pertenecer a este cuerpo de madre nobel, adquieren un papel protagonista y son las que forjan esta nueva dimensión de tu vida.
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