Érase una vez
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Aún puedes reproducir en tu cabeza la voz avergonzada y algo
femenina del emperador cuando se daba cuenta de que estaba desnudo ante
tantísima gente. Qué pudor sentías al ver ese trasero y también, menudo el escalofrío
que te entraba al imaginar que al fantasma de Canterville le habría apetecido hacerte una visita en tu casa. ¡Cuánto miedo a
los espíritus! Sobre todo, a esos tres que visitaban a los viejos tacaños en
Nochebuena. Todavía les temes, aunque quizá ahora más a los viejos tacaños que
a los fantasmas.
Qué repulsión sentías cuando el leñador habría la barriga
del lobo para rescatar a Caperucita y a
su abuela. Saldrían hechas una verdadera pena. ¿Y el patito feo? No te parecía
tan feo y odiabas al resto de patitos por burlarse de él. Cuánta ilusión te hacían las hadas, habrías dado lo que fuera por encontrar una fuente de la
buena suerte. Zorros, tortugas y conejos, toda clase de osos; y ratones, a esos
sí que les gustaba protagonizar historias. Ratones de ciudad, ratones de campo,
ratas que presumían todo el día o a las que les iba bien invadir ciudades y
perseguir flautistas. Algo parecido ocurría con los gatos. Con botas, sin
botas, con sonrisas eternas, embrujados, en los tejados o con títulos
nobiliarios. Los cerditos también solían llevarse los mejores papeles. Siempre
escapando de algún depredador. Tan suculentos ellos. Y los lobos, tan
desprestigiados por perseguir a quienes
no debían y después claro, les ocurría lo que les ocurría. Tú solías ponerte de
parte del lobo porque para ti se trataba siempre del mismo, que aparecía en
todos los cuentos. El pobre había soportado al menos dos cirugías sin
anestesia, golpes y quemaduras muy graves. La culpa la tenían los otros,
cerdos, cabritos o niñas con caperuzas rojas por ingenuos.
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