30 de mayo de 2017

Orejas


Tengo una historia. Una única historia. Podría escribir sobre un millar de cosas que me han ocurrido y que no; que he podido imaginar o que las han imaginado otros, no obstante, solo tengo una historia. Puede que la historia comience con la descripción de un ataúd o de las grandes orejas de un niño. El principio es irrelevante, sobre todo, porque a los hechos que provocaron esas dos descripciones que guardo en mi mente desde hace treinta años, les separan tan solo siete días. Empezaré por las orejas grandes. O, más bien, por el niño que las llevaba puestas.

Se llamaba David, era igual de pequeño que yo y tenía un apellido muy poco común que no puedo recordar. De lo que sí me acuerdo son sus lóbulos y más que éstos, su prominencia. Se llamaba David, como he dicho, y los niños se burlaban de él por lo que parecía ser un defecto merecedor de risa. A mí me inspiraba pena, aunque ahora pienso que quizá aquel niño habría soportado mejor el peso de la chanza maliciosa que el de mi piedad. 

Llevaba una semana sin asistir a clases a pesar de estar sana. El motivo de mi ausencia era aún más irreprochable que la misma enfermedad: mi padre había muerto. Y es allí donde mi historia vuelve a empezar. En la descripción de un ataúd. De ese ataúd. De aquel cajón de caoba en el que habían metido su cuerpo una vez muerto. A mí me pareció una caja muy bonita, por lo brillante que era. La habían barnizado con tanto esmero que la luz de los cirios, los seis cirios blancos que se habían dispuesto a un lado y al otro, forzaba al rojo de la madera a parecerse al cobre. Yo tenía cinco años. Me faltaban diez días para cumplir los seis. Las mujeres que habían acudido al funeral me hablaban como si fuera mayor y en parte, creo que no les faltaba razón, pues cuando un niño se inicia en la orfandad se ve empujado con violencia hacia la terrible certeza de la finitud o, lo que es lo mismo: hacia la adultez. 

Mi sentido pésame, me decían y esperaban un beso. Yo no entendía el significado de esas palabras, pero alguna tía o alguna prima, quizá mi propia madre me susurraban que debía dar las gracias. Tenía cinco años y era una niña muy obediente: Gracias, respondía. Después de una hora o dos, a mis hermanas y a mí nos llevaron afuera de la casa –era la casa del hermano mayor de mi padre-, para que jugáramos un poco en el patio trasero. Recuerdo que había un único árbol, puede que un arupo sin flor. Mis primas, que me doblaban la edad, nos acogieron con actitud maternal, ataron una cuerda al solitario tronco y nos animaron a saltar. 

Las niñas de aquel entonces conocíamos varias canciones con instrucciones sobre cómo brincar para que el juego no se volviera monótono –osito osito date la vuelta- y esta vez mis primas se esforzaron lo mejor posible por corearlas sin errores y en un tono de voz más alto de lo habitual –osito osito mira al cielito- e imagino que lo hicieron acatando alguna orden superior. Había que encontrar la manera, por muy mínima que fuera, para distraer nuestro dolor, sobre todo, en esos instantes –largos instantes- en que nadie tenía ni las fuerzas ni las ganas de ver a tres crías llorar. 

Recuerdo también que ese día el cielo estaba especialmente radiante. Azul, aunque manido, es el adjetivo que mejor podría definirlo. Un cielo azul, sin tachaduras. La única mácula era un sol despiadado que se había instalado justo en medio, altanero. Recuerdo asimismo a mi tía política, la mujer del hermano de mi padre, asomándose por la ventana de la buhardilla y gritando que mi padre estaba mandado una señal desde el cielo. Yo dejé de saltar o quizá ya había dejado de hacerlo hace un tiempo, y giré la cabeza como lo haría un polluelo guiado por el reclamo de su madre. 

Vi su torso casi colgando de la ventana y su mano, blanca y demasiado pequeña para ese cuerpo, señalando hacia el sol. Vi mi mano, morena y excesivamente delicada, haciendo de visera a la altura de mis cejas, y al mismo sol de prepotencia rodeado por un arco iris circular. Sólo después supe por boca de mi madre que aquello era un halo solar, y que ocurría en rarísimas ocasiones. Mi madre creyó en realidad que era una señal del Cielo, del reino celestial, de que mi padre había llegado sano y salvo. Yo también me lo creí, naturalmente, sin dejar de sentir cierta desazón no sé si por la intrepidez de mi padre – ¡anda que irse al cielo sin mí!- o por la resolutiva fe de mi madre.
 
Horas después, unos parientes a los que jamás había visto, nos invitaron a comer en la pollería más cercana a nuestra casa. Eran amables. Me imagino que se comportaron con nosotras más afectuosos de lo que solían acostumbrar y sospecho también que se sentían tan incómodos, comprometidos y avergonzados como mis primas. Yo adoraba el sabor de ese pollo, me encantaban unos guantes de plástico –unas bolsas transparentes con una abertura para la mano y cinco compartimentos para los dedos- que nos entregaban en el mostrador para asir sin problemas la grasienta pieza elegida, y la idea de comer en un restaurante, aunque fuera ése, el de la pollería de la esquina, fue para mí algo inesperado –únicamente íbamos a comer fuera en las ocasiones especiales-, casi festivo, y como ahora me doy cuenta, inolvidable. Nunca más volvimos a ver a aquellos parientes amables. 

Debo retroceder al principio. A las orejas. Cuando volví al colegio después de esos siete días de recogimiento y desolación –se suponía que esa era la función que debían cumplir, aunque no sé si fue nuestro caso, pues no guardo ningún recuerdo de esa semana-, un miedo colosal de cruzar la puerta de mi clase me estranguló de improviso. Yo era una chiquilla tímida y el temor era para mí un sentimiento bastante familiar, pero esa mañana se había multiplicado por mil. No sé por qué razón había llegado tarde y la profesora que me acompañó hasta el umbral esmaltado de verde, sonreía con idéntica afección que los parientes de la pollería. Cuando giró el pomo y empujó la puerta, pude ver que mis compañeros me esperaban de pie con la misma solemnidad que nos habían inculcado al ver pasar a la directora o a la bandera nacional.
 
Los encontré allí con sus uniformes de azul impoluto –como aquel cielo coronado por un halo que nos descubrió mi tía-, reservados, silenciosos, algunos cabizbajos. Parecían tener o tenerme miedo. Yo jamás había inspirado miedo ni tan siquiera respeto, pues era una niña que, con suerte y por propia voluntad, pasaba desapercibida en cualquier lugar. Más tarde comprendí que no sentían temor por mí sino por el hecho de que mi padre hubiese muerto, como si fuese un germen letal y contagioso o como si tuviese una marca en alguna parte de la cara, la frente tal vez, que me diferenciaba definitiva e irremisiblemente de los demás –de ellos- y que nadie en ese salón de clase quería llevar. 

De manera sorprendente, mi antiguo lugar en el aula había sido ocupado por otro niño y la profesora del gesto tierno me llevó hasta mi nuevo pupitre, ése que debía compartir con David. No puedo asegurarlo, pero creo que hasta ese momento, no me había percatado de lo grandes que eran sus orejas. David me miró igual de solemne que los demás, y aunque nos sentábamos en sillas individuales, se apartó un poco hacia la izquierda. Puedo imaginar sus conversaciones ante mi inminente regreso, su desasosiego en esos días en los que no acudí al colegio. Los veo poniéndose en mi lugar, fantaseando con sus padres muertos y con ellos mismos, solos, llorando –con cierto placer, si cabe- su fatalidad. 

La otra profesora que ya se encontraba antes en la clase sugirió a los alumnos que me dieran la bienvenida con un aplauso, igual que si hubiera ganado una competición o una medalla, y ellos lo hicieron de forma maquinal, sin poder aún apartar la gravedad de sus rostros. Luego nos ordenó a todos sacar el libro de texto. Mientras buscaba el mío en la mochila, sentí cómo David clavaba sus ojos en mi nuca. Me volteé. Era la primera vez que me sentía visible en el colegio. No me atreví a preguntarle nada. ¿Te has quedado huérfana?, se atrevió él. "No", respondí con un gesto de la cabeza. Yo no era una huérfana. Los huérfanos eran esos niños que no sólo no tenían padres, sino que no tenían a nadie en el mundo y por eso vivían en orfanatos. Era lo que había aprendido en los cuentos y las películas.
 
Mi padre se había ido al cielo y punto, pensé, pues esas eran las palabras que mi madre había elegido para darnos la noticia a mí a mis hermanas. Puedo ver a mi madre, entrando por el pasillo de casa, con un abrigo negro de piel –lo del abrigo quizá me lo haya inventado- y llevándonos a su habitación. Yo me arrodillé en el suelo, al pie de la cama. A mis espaldas, hacia la izquierda, había un precioso espejo de roble que ocupaba casi la mitad de la pared y en el que me gustaba mirarme, sobre todo cuando probaba en mi rostro los maquillajes de mi madre. Mis hermanas se habían sentado en la cama.
 
Por lo que supe después, mi padre llevaba una larga temporada ingresado en el hospital. Supongo que yo lo sabía, pero no soy capaz de rescatar de la memoria esa ausencia en particular. Años después mi madre me contó que dado que llevaba cerca de un año enfermo, con el corazón muy debilitado, prefirió mantener cierta distancia con nosotras. Presumo que querría ahorrarnos el sufrimiento de verle apagarse y quizá ya presentía o le habían pronosticado una muerte cercana.
 
No conservo recuerdos de mi padre. Los que creo tener, me parecen más bien sacados de fotografías que he contemplado una y mil veces. La imaginación siempre fue la parte más ágil de mi cuerpo. Y entre todas las cosas que pude fantasear de pequeña, recuerdo predilección por las historias trágicas con final feliz: o me perdía y años después me encontraban, o me quedaba sola en el mundo -¡huérfana!- pero pronto alguien aparecía y me salvaba, o mi perro desaparecía pero al poco tiempo lo veía venir corriendo a lo lejos, más blanco y más sonriente que de costumbre. Así sé que el recuerdo que mantengo de mi padre enseñándome a andar en bicicleta proviene de una fotografía en la que debo tener unos cuatro años, llevo coletas, un vestido beis de peto y una camiseta naranja por dentro. Mi cara es un poema al desasosiego. Mi padre parece divertirse.
 
Me encontraba de rodillas, apoyada en el borde de la cama, cuando mi madre dijo: “Papá se ha ido al cielo”. Mis hermanas, mayores que yo, se echaron a llorar en ese mismo instante. Yo lloré más por imitación que por abatimiento. Todo lo que ocurrió en las horas posteriores lo he desechado también de mi memoria, todo, excepto la imagen del ataúd reluciente. La caja. Era hermosa. Yo la veía desde arriba, no se me permitía acercarme, pues el salón de la casa de mis tíos donde habían decidido celebrar el funeral, estaba construido a desnivel, unos tres o cuatro escalones por debajo del recibidor. Era una estancia realmente acogedora. Y fue mi padre quien había tomado esa decisión, la de construir la sala principal de ese modo, pues él había diseñado aquella vivienda. Mi padre, el joven y prometedor arquitecto. Era la casa preferida de mi infancia, porque los niños al igual que les ocurre con ciertos objetos, pueden llegar a sentir una muy particular predilección por los lugares en los que crecen.
 
La caja brillaba. Lo cirios, con un perfecto saber estar, esperaban consumirse estoicamente al ardor de la llama. Había flores. Pocas. Las necesarias. El cuerpo de mi padre dentro, quieto. Y yo, desde la barandilla, observando con mi curiosidad pueril, escuchando los rezos de aquellas mujeres mayores y desconocidas, buscando el abrigo negro de piel entre decenas de prendas igual de oscuras, transformándome a la fuerza en una adulta, en una adulta huérfana.
 
¿Eres huérfana?, me había preguntado el niño de las orejas grandes. Yo le había contestado con rotundo no de cabeza. Súbitamente, los lóbulos de mi compañero se incendiaron. Mi no quizá había sido demasiado perentorio, mis ojos, mientras sacudía la cabeza, deben haber expresado más de lo que estaba dispuesta a revelar a mis cinco años. Había quedado al descubierto. David había sido capaz de descubrir uno de mis ensueños más recurrentes, sólo que esta vez no tenía un final feliz.
 
Algo en ellos o en mi gesto había hecho que David se avergonzara al punto de enrojecer hasta las orejas. Tal vez la orfandad en mí era tan palmaria, que el pequeño de las orejas grandes, a sus cinco años, aprendió de pronto y sin ninguna lección de por medio, el dolor que puede causar una verdad. No volvimos a hablar en todo la mañana. O quizá en toda la vida.


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